Autoridades Al Borde De Un Ataque De Nervios
By Thelez.
June 22, 2010
Desde hace algún tiempo, en Puerto Rico se percibe un consenso tácito que apunta a que la administración de turno y sus ramificaciones adolecen de una seria crisis de autoridad. Claro está, no he visto los resultados de encuesta alguna que legitime este pálpito, esta premisa desde la que parto. Sin embargo, no hace falta sino reflexionar sobre las preocupaciones que tendrá el gobernante actual para vestirse de Rambo elegante en la madrugada, mientras la prensa le toma fotos en la periferia de la jungla de concreto que es el residencial público (“que no muy adentro, por favor y gracias”).
Imaginemos las respuestas que esconde un secretario de gobernación, para tildar a los constituyentes de terroristas. ¡Los constituyentes!… Gente que, en su mayoría, les aterra reventarle la pata a aquel perrito sato y sarnoso que se le ocurrió cruzar la transitada avenida a destiempo. Más aún, si pensamos en cuáles serán los temores que se cuecen tras la presidenta de la Junta de Síndicos de una universidad pública que decide escamotear la información que presentará frente a sus pares, en el proceso coyuntural de una huelga, conseguimos avistar que, más que colarse por las fisuras, la crisis de autoridad presupone una bofetá sonora y colectiva.
¿Y qué hacemos con esto?, preguntará usted. Yo no lo sé. Lo que sí sé es que vale la pena preguntarse de dónde viene, cómo se engendró esta hija bastarda y prostituida que hace que nuestr@s dirigentes parezcan estar mejor preparad@s para formar parte del elenco de la última novela de intrigas de Televisa (el título de la telenovela queda a su discreción), que para llevar las riendas de un Estado. Pero, no nos desviemos. Hablábamos de la crisis de autoridad o, más bien, de su ascendencia. Quizás es imperativo que mencione en este punto que, a mi modo de ver las cosas, la crisis que sufre esta chica llamada “autoridad”, nos presenta un problema epistemológico. Es decir, que necesitamos preguntarnos ¿de dónde proviene la autoridad y quién(es) se abroga(n) el derecho a (des)legitimarla?
Si recordamos por un momento aquella tarea aparentemente inservible—sabe Dios y la vida que últimamente nos han querido hacer tragar esa píldora de que las Humanidades son inservibles e improductivas—, en la que el/la maestr@ nos pedía que subrayáramos la raíz de las palabras, el ejercicio no se nos hará oneroso. Así es, ya lo tiene usted. La raíz de la palabra “autoridad” es “autor”, que a su vez encuentra su etimología en las voces latinas “augere”, “auctor”, “auctorĭtas”. ¡No! No se me desanime usted por esta breve incursión en la diacronía, que la cosa se pone más interesante. Estos tres términos latinos representan los orígenes de “autoridad”. Pero vamos por partes, porque el análisis de este árbol genealógico nos dará una idea del ADN de la crisis.
La tatarabuela de “autoridad”, “augere”, significa hacer aumentar o hacer crecer. Lo anterior implica que “autoridad” tiene que ver con crear, gestar algo o hacer nacer alguna cosa. Si a esto le añadimos el significado de “auctor”, nos percataremos que llueve sobre mojado, puesto que “auctor” o la contemporánea “autor” atañe a la fuente u origen de algo. Un libro, por ejemplo. Ya vemos que hay una concomitancia más que implícita tanto en la tatarabuela, como en la bisabuela y hasta en la madre de “autoridad”. Las tres tienen que ver con construir, con producir, con fundar.
Pasemos entonces a hacerle los análisis de laboratorio a la abuelita, esa abuelita que influye tanto en nuestras vidas y que no es la excepción en el caso de la vida de “autoridad”. La abuela “auctorĭtas” presupone una dupla, en tanto y en cuanto se vio influenciada por los supuestos del Derecho Romano y el Derecho Canónico. De ahí que algunos papas —no menciono nombres porque no he venido a poner en evidencia la infalibilidad— hayan sufrido, de cuando en vez, la crisis de autoridad. “Auctorĭtas”, decía, nos remite conjuntamente a dos visiones de fácil compaginación.
En el Derecho Canónigo “autoridad” es entendida bajo el sentido que Cristo le da en el Evangelio:“Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos y los grandes las oprimen con su poder. No será así entre vosotros, sino que el que quiera ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” (Mt. 20, 25-27). Vemos que Cristo define su autoridad en términos de servicio y no de mando.
Los judíos entendieron que Jesús quería decirles que él venía como la buena autoridad, no a aprovecharse de ellos y a explotarles como tantas veces habían hecho las malas autoridades (¿autoritarias?) religiosas o políticas. Para rematar, les endilgó la frase: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn.10,10). Así las cosas, podemos deducir con facilidad que, el sacerdote, aquel heredero de la labor de Jesucristo en sentido propio, es aquel que da la existencia a otro y se preocupa de su bienestar y crecimiento. El significado por tanto, de la palabra “autoridad” no es mandar, sino engendrar, dar vida, hacer crecer. ¿Vamos percibiendo por dónde va la cosa?
Calma… Ya l@s veo virando los ojos y diciendo que esta nota alberga en su seno el germen de la religiosidad. No es así. Pero es necesario adentrarnos en la boca del lobo, para saber dónde se ubican sus colmillos. Esto aplica tanto a la crisis de autoridad, como a la Iglesia. Les comentaba que “auctorĭtas” no sólo responde a los supuestos del Derecho Canónico, sino que además se encuentra relacionada al Derecho Romano y es aquí, en esta acepción, donde terminamos de entender el por qué de la crisis de autoridad de nuestr@s contemporáne@s. En Derecho Romano se entiende por “auctorĭtas” una “cierta legitimación socialmente reconocida, que procede de un saber y que otorgan” los ciudadanos a una serie de ciudadanos. Ostenta entonces la “autoridad” aquella persona, “personalidad o institución, que tiene capacidad moral para tomar una decisión o para emitir una opinión cualificada sobre una decisión”. Si bien en aquellos tiempos “dicha decisión no era vinculante legalmente, ni podía ser impuesta, tenía un valor de índole moral muy fuerte”[1].

Sumemos estos números y encontraremos las cifras reveladoras de la crisis. He aquí, en dólares y centavos —que es el único lenguaje que entiende esta administración— el origen de la crisis de autoridad. Y lean bien, digo que dólares y centavos es el único lenguaje que entiende esta administración, porque a simple vista desconoce de moral (aunque conozca muchísimo de moralismos), de saber y mucho menos de saberes heterogéneos, del mismo modo en que desconoce que la legitimación de la autoridad proviene del “Otro”. De ése “otro” al quedesprecia, dándose el lujo de llamarle “garrapatita”, “terrorista”, “pelú” y cualquier otro epíteto que le ha venido en gana a propósito de insultar y menoscabar las subjetividades de las multitudes.
Esta administración que destruye todo o casi todo lo que toca, carece de autoridad porque sencillamente no crea nada, no da vida, ni gesta cosa alguna, sino que quita, roba, violenta y amenaza. Su autoridad se encuentra en crisis, en fuga, cuando no es inexistente, porque se ha propuesto con firmeza acabar con los derechos laborales, con la autonomía universitaria, con los recursos naturales y con una educación que sea accesible para tod@s.

Tener autoridad no es mandar, sino servir. No se obtiene autoridad usando la última moda en chalecos anti-balas, ni repitiendo por la tele una y otra vez las mismas frases pre-fabricadas que ya no convencen a nadie, ni llamándole “héroes” a l@s agresores/as de l@sciudadan@s. No se adquiere autoridad pujando a grititos un “¡está bueno ya!” a destiempo y que convendría mejor decirse frente a un espejo, o señalando que se impondrá una cuota abusiva de todas formas, cuando estamos a medio camino de resolver un conflicto. No puede haber autoridad cuando se le miente intencionalmente a una Junta de Síndicos, ni cuando se usan fondos públicos para ostentar un estilo de vida rococó de consumismo, de guaguas, dietas, viajes e influencias, mientras que se legislan estupideces como restringir a qué horas vamos a pie, en carro o en bicicleta.
Lamentablemente, tampoco se accede a la autoridad conjurando abogados, publicistas y cambios de imagen, porque no se trata de simular una imagen hueca, sino de concebir y esta administración es estéril. Su organismo carece de útero. Es más bien toda ella un estómago profundo e inacabable que todo lo que come y todo lo que traga es su propia y nociva comida rápida. No debe extrañarnos entonces que este organismo, acostumbrado a hamburguesas sintéticas (“sin ensalada, por favor y gracias”), no sea capaz de digerir apropiadamente los frutos orgánicos que genera la multitud a la que pretende someter.

Les decía que no sé qué podemos hacer con esta crisis. Sin embargo, sospecho que, en gran medida, las respuestas se encuentran en la participación activa en y de los movimientos que ya se han puesto en marcha; los mismos movimientos que se han encargado de darle los primeros auxilios a todo lo que la administración ha ido sofocando y estrangulando a su paso. No hace falta una encuesta de WKAQ ni de El Nuevo Día que nos diga que hay crisis de autoridad. Con la temperatura que muestra el termómetro del colectivo, basta.
* Agradezco encarecidamente la colaboración, conversación y guía de la Dra. Agnes Lugo-Ortiz, sin la cuál, el desarrollo y concreción de esta idea no hubiese sido posible.
[1]Remítase a la sucinta definición que ofrece Wikipedia en http://es.wikipedia.org/wiki/Auctoritasy que he modificado en menor medida por parecerme incompleta.
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