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Paciente/Ísola: Una Crónica, Cuarta Entrega

By Rey Andujar.

June 19, 2010

Cuarta entrega de la crónica de Rey Andújar sobre su reciente visita a la República Dominicana. La crónica anterior a ésta fue publicada el 29 de mayo del 2010.

martes 18 de mayo

A qué no te atreves, le dice la calle al proyecto de maratonista. Un poco mareado y fuera de mí ya bajo las escaleras, ya estoy cruzando la Alma Máter, no es nada cuando ya voy atravesando la Gómez frente a la casa de Balaguer, el Consulado, la Embajada; me voy sintiendo mejor, las rodillas se van calentando y voy ratificando la decisión hecha anoche de llegar hasta el Parque Independencia y pararme frente a una foto mía que hizo Daniel Mordzinsky, un fotógrafo de escritores; el tipo es bien reconocido.

La dichosa foto fue motivo de escándalo entre mi abuela, que no se acababa de ir para Nueva York, y mi madre, que estaba de paso en la isla para un chequeo médico. Yo estaba en Puerto Rico hundiéndome en la miseria; en un estado de tristeza permanente que se ha convertido en mi noche a noche (no puedo decir día a día aunque quisiera: trabajo en un hotel de 12am a 8am, así que los días para mí tienen una cosa de bruma fantasmal y son medio sospechosos).

Recibí una llamada de mi madre diciéndome que ella, cuando supo de la foto, fletó un taxi y montó a un grupo de viejas del barrio para que fueran a ver la foto mía, tamaño cuasi billboard, al lado de otros escritores de talla internacional y varios escritores dominicanos. Recibí un par de emails sobre la foto, en ella estoy desnudo del pecho para arriba en una posición de boxeo, imitando un personaje que escribí hace mucho que se llama Ciudadano Cero y que fue bastante conocido por allá por el 2006.

Llegué mejor de lo que pensaba hasta el parque considerando el sol y la falta de agua. Atravieso el parque entre las miradas sospechosas de los transeúntes. En Santo Domingo no existe la costumbre de correr en la vía pública, la calle es para los peatones, los ladrones, los chiriperos y las doñas; si usted quiere hacer ejercicio tiene que irse al Mirador Norte, Este o Sur, a la orilla del Malecón, etcétera. Sudado como sólo el diablo puede, me paro frente a la dichosa foto. Nada impresionante. Pero supongo que el que Mordinzsky le saque una foto a uno significa algo; pero, ¿qué, exactamente? No puedo separar el escritor del tipo que rompe noches en el hotel doblando sábanas, limpiando cristales, retocando manchas de basura, escuchando a Glen Gould y leyendo como si la vida dependiera de ello.

Fuera foto y sigo corriendo, atravieso el Conde Peatonal; una vez, preparándome para el dichoso personaje del Ciudadano, lo atravesé corriendo con los guantes y todo y la gente se volvió loca. Esta vez casi paso desapercibido como pasó la calle para mí. Ni mencionar aquí los recuerdos que yo guardo de la Calle El Conde, la vida, la adolescencia, la infancia, pero entonces se metería bien duro aquí la nostalgia. No vale la pena. Doblo por el Parque Colón, voy a bajar la Meriño hasta el Malecón y a devolverme; ¿cuántas millas? No lo sé, pero estoy haciendo esto en una hora y quince si me apuro.

El Malecón y el montón de basura martes después de las elecciones. Los pescadores me saludan. Los imagino rescatando las redes entre peces y la inmundicia que le devuelve el río al mar, tema recurrente en toda mi narrativa. Subo por la Universidad para coger la cuesta de la Alma Máter; no me aguanto y compro un Powerade –me quedo con el Gatorade– y empieza a llover, a cántaros, el mundo va a inundarse.

Si antes me veía extraño, un tipo corriendo en la ciudad, ahora bajo la lluvia mucho peor. La cuesta, la lengua afuera, no llego y otro mareo. Doblo a la izquierda lográndolo, hacia la casa. Ha dejado de llover y ya estoy en el estacionamiento del edificio, respirando como una tuna en la arena. Me miro frente al vidrio del colmado, una barba de dos meses, el afro, la quemazón del sol y el sudor y el cansancio. Me gustaría saber quién es el tipo que me devuelve el espejo. Me gustaría preguntarle el por qué de la congoja.

Revivido, rehidratado, frente al aire acondicionado, recibo la llamada de Filemón, mi mejor amigo en la isla; no nos vemos desde hace unos cuantos buenos meses y vamos a celebrar, porque esta noche es el concierto de Joaquín Sabina en el Palacio de los Deportes. Me lo perdí en Puerto Rico el fin de semana pasado porque era imposible pagar aquellos ochenta dólares. Aquí con la violencia del macuteo –un amigo siempre conoce un amigo que conoce un amigo…– hemos conseguido taquillas VIP por veinte dólares. El concierto promete. Filemón me va a recoger para ir a buscar las boletas y comer algo y ponernos al día.

Como siempre, la conversación termina en lo que estoy haciendo, qué voy a hacer con mi vida; mis amigos, los cercanos, dicen esto en serio; la literatura no es una opción o al menos tendría que buscar la manera de escribir algo que deje dinero, pero, ¿qué? ¿Novelas para Telemundo? El asunto es que cuando era más joven podía decirles que era feliz con este estilo de vida plebeyo, pero ir al supermercado con una calculadora y la bolsita con las monedas y rogando para que la tarjeta pase, no era; hay días que simplemente no puedo aguantar ese tipo de empuje. Y como bien dice Sabina, cuando mis amigos ponen el tema del destino, cambio inmediatamente de conversación.

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