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PACIENTE/ÍSOLA: UNA CRÓNICA, TERCERA ENTREGA

By Rey Andujar.

May 29, 2010

La tercera entrega de la crónicas de Rey a la República para presentar PACIENTE/ÍSOLA

mayo 17/lunes/noche

Según mis últimas lecturas, el Positivismo es un método científico que se establece sobre datos fehacientes; números y estadísticas. A partir de esto concluyo que la avasallante victoria del partido en el gobierno, en papel, ante los medios, está fundamentada. Es legal. El país entero está morado y ahí están las actas (¿están?) para (com)probarlo. Pero la intimidad no obedece dígitos así que durante la cena, durante la coordinación de la agenda previa a nuestra exposición del jueves (prensa-ensayos-pendientes), Mabel me ilustra acerca del misterio del bulevar.

 

Resulta que una noche, hace ya tres años, Mabel abandonó la oficina uno de esos días que, como dice FJ Bermúdez, el poeta, merecen que uno se les muera. Frente a un vaso de anís, cigarrillos y el buen oído del bartender, la chica decidió que ese sería el nuevo remanso. Meses después, con el moco caído, el dueño compartía las malas nuevas: tiene que cerrar, la barra, para siempre. Mabel hace el silencio que le permite la duda y observa alrededor los bares aledaños y el jolgorio en los jardines todavía verdes, las palmeras. Por qué vas a cerrar, pregunta, con el bollo de gilletes que ahora tiene por garganta.

El hombre explica que por una ordenanza municipal debe abandonar el negocio. El por qué es impreciso, señala el tipo, encendiendo un cigarrillo, justificando esa terribilidad de la nicotina ante lo abominable. No hay nada escrito (positivismo) pero el chisme dice (interpretatividad) que una compañía de cerveza, la misma que tiene un letrero gigantesco que emula un freezer y que gobierna el bulevar, le ha ofrecido al ayuntamiento adquirir todo el espacio para reafirmar que ellos son “La marca oficial del Orgullo Dominicano”.

Mabel me dice, preguntándole a la camarera si los hamburguers traen papas fritas, que quizás esto justifica el desastre, el desorden en que se encuentra el lugar desde hace tiempo. Ellos van a regresar ahora como los salvadores del estropicio en el bulevar ese. Y la gente se va a aplacar a esa fantasía, pregunto ingenuo, haciendo espacio para las papas fritas que no van a llegar; ensuciándome los dedos de mayonesa. Claro, me aclara Mabel, claro que se lo van a creer porque no hay nada que le guste más al dominicano que los superhéroes, las bienaventuranzas y los cuentos de camino.

Es costumbre.

Decidimos caminar hasta su casa para terminar nuestro trabajo. Son como ocho cuadras y puede ser una locura. Si caminar de día por las aceras llenas de mierda es un reto, caminar de noche con una computadora y una cámara en la mochila es invitar al diablo. Pero me arriesgo porque no puede ser tan malo, me digo, ya pensando en que después que la deje en su casa voy a seguir caminando hasta la mía que son como seis cuadras más, aunque hay más luz. Está cabrón pagar ciento cincuenta o doscientos pesos por un taxi de aquí allí, y eso, que yo no parezco turista porque ahí la cosa cambiaría radicalmente.

En la tarde tomé un taxi ya que iba a encontrarme por vez primera con los editores de una revista para la cual escribo y de donde nos conocemos Mabel y yo: Santo Domingo Times. Y cuando digo fina me refiero a que la revista habla, entre otras cosas, de champaña, campos de golf, helicópteros y yates en un país en donde todavía la gente se muere de hambre. Decidí ir en taxi porque ya estaba mal el que fuese en una t-shirt y jeans, ya el look es bastante sospechoso para el lugar, así que, no quiero imaginarme lo que hubiesen pensado si llego bañado en sudor, gracias al maldito calor que se multiplica con la humedad y los nervios que me gobiernan, ya que cada vez que tengo que bregar con los estatus, los nervios me acarician los riñones. No puedo evitarlo.

Pero me tratan de lo más bien las chicas de la revista. Se interesan por mi vida; me hacen sentir como en casa y me brindan café, y agua. Viva dios. El aire acondicionado es tan acariciante que quiero quedarme pero tengo que seguir a través de la noche para enterarme de cosas. Ahora recuerdo estas cosas mientras camino por la Avenida Lincoln, famosa por sus bares y restaurantes. Aquí empezó Mierdópolis.

Recuerdo lo domingos de la Lincoln en donde salir a janguear era salir en el carro a dar vueltas, una y otra vez, y luego estacionarse en la gasolinera de la Lira frente a la bolera, a ver y ser visto. No nos importaba nada, nada más que nuestros carros y los radios y los aros y la jeva y el vodka y el perico, la vida era eso, al menos. Si tenías mejores aros o mejores asientos en tu carro te llevabas la jeva del otro pana al motel, la vida era de jueves a domingo, los lunes eran una mierda, los martes antesala y los miércoles estrategia, el fin de semana era la selva. No nos importaba nada.

Ahora camino, sudando la gota amarga, por las calles que yo goberné en un Honda Civic Coupé Rojo. Ahora camino y comparto las calles con mujeres que salen muy tarde de chopear en las casas de Mierdópolis y cuando me sienten los pasos agarran sus carteras porque un tipo barbudo con una mochila roja puede atracarlas. No saben, las pobres, no lo saben, que compartimos la misma suerte; que bajo este mismo cielo encapotado, sobrevivo susceptible al atraco, al hervor morado, que como ellas camino con miedo, porque quizás en la próxima esquina, bang.

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