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Paciente/Ísola: Una Crónica, Parte II

By Rey Andujar.

May 22, 2010

Nuestro querido Rey Andújar anda por la República presentando su Paciente Ísola. Está escribiendo una crónica de su visita y he aquí la segunda entrega, la primera publicada el viernes 21 de mayo.

mayo 17 / lunes

El maratonista sale a entrenarse y quiere morirse pero se aguanta y corre las acostumbradas siete millas de los lunes. Esquivo basura, mucha basura, talleres de mecánica improvisados en las aceras, motocicletas mutantes –tienen un canasto en donde va el asiento de atrás, así se llevan los mandados delivery–, haitianos con carritos vendiendo cocos o frituras o frutas o la vida, si se la piden. El maratonista piensa que venir a entrenar para una carrera con obstáculos no sería al final tan mal performance.

Poco antes del mediodía camino hasta un centro comercial que tiene una ferretería, cuestión de sacar copia a las llaves del apartamento en donde me quedo, con mi hermana Chandrai. Son menos de dos cuadras y llego al lugar bañado en sudor para enterarme de que no tienen cómo hacer esas copias y me envían a otro centro comercial que está a tres cuadras. Decido caminar, pero antes la boca se me hace agua: una de las pocas librerías que quedan en la ciudad (no deben haber más de cinco en total; estoy exagerando, pero una ciudad con una Feria del Libro como la que ésta se gasta…; no deben haber diez librerías, y ahora no estoy exagerando, en toda la ciudad) queda en frente y decido entrar.

En la mesa principal se mezclan textos de autoayuda con pedagogía, un puñado de novelas suecas de misterio, algo del Dalai Lama; la mesa de al lado es la de novedades: han reeditado el primer libro de Junot Díaz, lo anunciaba un inmenso cartel a la entrada con una foto seria, del escritor que el hombre es, el salvador de la literatura nacional; seis libros sobre la dictadura o Bala-guer y textos relacionados; otra mesa contiene los más vendidos, aquí las glorias dominicanas y bestsellers de quinientos ejemplares. Una de mis novelas ocupa el último tramo de esta mesa.

Huyo. Raudo.

Estoy en la avenida 27 de Febrero, quizás el tramo más céntrico; esto es gracias a que, poco antes de la locura de la globalización, para estar in había que visitar los centros comerciales. Ahora, en busca de la famosa llave, tengo que ir a Plaza Central, quizás el lugar más enigmático y concurrido de aquella locura de progreso que traía cines, restaurantes de comida rápida, tiendas de Benetton y Tommy Hilfiger, y para que esas tiendas se fijaran en una mierda de país como nosotros, algo tenía que estar cambiando. Hay que ubicarse, estoy hablando de los noventa.

Para llegar a Plaza tengo que pasar por la hermanastra menor, Unicentro Plaza, que desde afuera se cae a pedazos, no físicamente, pero moral, finacieramente. El sol está picante, ya son pasadas las doce y no hay una sombra; la acera siempre intervenida ya que no hay límite: ¿hasta dónde llegan los negocios? No hay sombra porque a nadie se le ocurriría caminar en Santo Domingo y mucho menos en esta avenida, a estas horas. Sin embargo, esta avenida posee un Bulevar. Pero ahora está destruido. Y eso sí que es otra historia.

Llaves en mano y refrescante gracias al poquito de aire acondicionado, me lanzo a la calle de nuevo procurándome llegar a casa. Ahora serán cinco cuadras y nada de sombra. Dejo la acera por la isleta y el estropicio me prende un recuerdo: Una noche loca yo salí de uno de esos cines convencido de que lo único que quería hacer era ser Reinaldo Arenas. Acababa de ver la película de Schnabel y me quedé tan aturdido que me senté a hartarme de ron en uno de los bares que poblaban la isleta, que antes contaba con jardines en manicura, zafacones y hasta una tarima en donde un domingo sí y otro no, bandas de rock locales animaban.

 

Ahora el Bulevar es basura y, como en el texto de Termina el desfile citado en la película, todo estaba cerrado. Hay frente a mí dos esculturas, una es definitivamente de Johnny Bonelly y la otra, sabrá dios; las dos se encuentran hermanadas por la basura que les acaricia la planta, así que si tienen la placa debajo, con el nombre y eso, uno pierde el dato, porque la basura es seria; es irónico; es el centro de la ciudad; da vergüenza ajena; es risible… pero al fin de cuentas el Síndico, reelecto, era antes un comediante, así qué.

 

Da tristeza ver la ciudad sumirse entre tanto descuido, tanta basura, es impresionante, tomando en cuenta que el Síndico volvió a ganar arrolladoramente en las elecciones, sin importar las paguatadas que le ha hecho a la ciudad.

¿Tienen los pueblos los líderes que se merecen? Es muy fácil ponerlo así; yo insisto que no. Pero hay una ironía que supera la ficción en todo esto: la ciudad está invadida por la cara de este inoperante, sonriente, recordándole a los votantes que Santo Domingo Avanza, pero, ¿hacia dónde?

El infierno no es necesariamente un retroceso.

Hacia allí también se avanza.

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