Entre La Neuralgia Y La Nostalgia
By Rafvs.
July 8, 2010
Suponemos que nuestro hogar – nuestra casa de crianza – es una fuente de cálidos recuerdos y agridulce nostalgia, o al menos, un lugar para regresar a gusto. Obviamente, eso no lo dijo un puertorriqueño.
Nuestra realidad es otra. Para muchos boricuas, nuestro hogar compartido es el dolor. El dolor de verlo todo repartido y de ver cabezas partidas, la agonía de que se apropien de nuestros colores para vendernos el abuso político o un pote de pintura, el trauma de la mentalidad colonial y la falta lacerante de lugar común, de santuario caribeño.
Así nos quedamos los que observamos la violencia a través de YouTube, los que leemos incrédulos los titulares escalofriantes y vemos atónitos las imágenes que circulan libremente. Y ni hablar de lo que escuchamos por boca dizque de líderes. ¿Será que más nadie se percata de la envidia, de los complejos, de la avaricie que permean sus palabras? ¿Será que más nadie acepta la repartición de tierras y de culpas como si no existiera la innegable necesidad de evidenciar la historia? Lo peor de todo es que nos hacen cuentos e historietas y no dan paso al cuestionamiento.
Recuerdo el 1981 y a mi hermano el universitario. Llegué a la IUPI sin permiso y en completo desafío de las normas del sentido común como cola de mi hermano y sus secuaces. Allí presencié por primera vez lo que distingue a nuestro gobierno. Luego lo volví a ver en la Calle del Cristo, cuando bajaban las huestes corriendo desde la Plaza San José víctimas de un Romerato que sumía la capital en la oscuridad a gusto y gana. Literal y figurativamente. Apagones y macanazos. Como me decía Sally, el ángel del Batey: This government treats us like mushrooms, they feed us shit and keep us in the dark.
Luego viví el saldo que tuvo esa política en la población, otra vez en el viejo San Juan – el microcosmos boricua – cuando fui recibidor de un sopapo por parte de la ganga de Piri, con la que ya me había topado espeluznantemente en las arenas de Isla Verde y los bikinis de caserío mezclados con los de Miramar y Ocean Park. Y por último, justo antes de dejar la isla atrás, viví también la facilidad con la que manipulan la ley los que se encuentran en posiciones privilegiadas; fui víctima de una investigación de intento de homicidio por una pelea que hubo en Dunbar´s, lugar donde laboraba. La constante presencia de mi Volkswagen ante las puertas de ese establecimiento fue suficiente para que los malhechores desviaran la investigación sometiendo mi número de tablilla a las autoridades, luego de ellos hacer su escape en un vehículo similar.
Llegué a pensar que la violencia era ineludible en el ser humano. Que era una característica endémica de nuestra especie. Un par de años de estudio parecía confirmar mi sospecha; lecturas de René Girard, Konrad Lorenz y los seminarios de David Carrasco sobre las civilizaciones mesoamericanas parecían confirmar fuera de toda duda mis temores. A estas alturas me pregunto si mi reacción visceral a la violencia, más propia de una mujer que de un macho alfa, era una rebeldía a mi propia naturaleza. De la otra mano, mi fascinación con la muerte se me antojaba como natural y completamente normal.
Sin embargo, luego de leer y mirar videos sobre los acontecimientos de los últimos años en Puerto Rico, no puedo sino llegar a pensar que sí es cierto que la naturaleza del ser humano es vil y mezquina. Que la política es un mal social, que las autoridades no son más que fuerzas de represión, que ya todo se echó a perder y tal vez lo mejor sea agarrar lo que todavía sirva y salirse antes de que se hunda el barco.
Pero entonces me caen encima los cuarenta veranos que arrastro conmigo a todos lados, los múltiples amores que han sazonado mi existencia y la multiplicidad de complicidades que han compuesto mi vida, y no consigo conciliar tan nefasta conclusión. La historia queda a nuestra zaga para inspección y educación. Nosotros decidimos si la repetimos o no.
Con cuarenta inviernos sobre los huesos y cuarenta primaveras en la memoria, no logro justificar la apatía ni el cinismo. De la misma manera, no soy yo el que vive estos dracónicos momentos de la puertorriqueñidad. Maneras hay de cambiar las cosas, a pesar de que aquellos que más se benefician del disparate autonomista y de la enfermedad estadista quisieran convencernos de lo contrario.
Tal vez ya sea tarde para la independencia real – sin hablar de los escalofríos que me causa el liderato independentista del país – pero no, sin embargo, para la confederación antillana. Cuba se encuentra en una gran encrucijada histórica, al igual que Puerto Rico. Parecería que es hora ya de que este fénix hostosiano se levante de las cenizas y asuma su rol de líder en la cuenca caribeña.

¿O seguimos rindiéndole pleitesías al miedo?
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