Esta Vez Frente Al Capitolio, Fuenteovejuna No Lo Hizo
By juanrecondo.
July 21, 2010
Hace unas semanas, salí al teatro para ver el montaje de una de mis obras favoritas, Fuenteovejuna. No estudio particularmente el teatro del Siglo de Oro español, pero esta obra de Lope de Vega siempre me ha cautivado por la manera en que un pueblo aparentemente inofensivo arremete en contra de la opresión. Lope crea un espacio bucólico donde los campesinos trabajan la tierra, los pastores discuten sobre el amor con las lindas lavanderas y todos cantan y bailan inocentemente.
El montaje de la obra en Nueva York, a cargo del Nylon Fusion Collective, fue muy sencillo. En un teatro de caja negra, que es el estilo de sala experimental donde la acción se lleva a cabo en un espacio cuadrado en el centro del público y donde hay una escenografía mínima, el director construyó un mundo de pureza paradisiaca entre las paredes negras del teatro con dos guitarristas que tocaban música “folk” estadounidense y buenas actuaciones.
Sin embargo, la inocencia de este espacio se ve amenazada por el agresivo apetito sexual del Comendador de la Orden de Calatraba, el señor de Fuenteovejuna. Éste ejerce su poder arrasando con las muchachas jóvenes que pueblan la aldea y torturando a todo aquel campesino que le hace frente. Su abuso termina cuando el pueblo, hastiado del opresor, toma las armas y acaban con el Comendador y sus hombres. En el montaje, este momento es espeluznante porque toda la batalla se ve en las gigantes sombras de las paredes de la sala revelando como un inocente pueblo se hace oscuro, amenazante y sangriento en su levantamiento contra la opresión del poder.
La imagen que más me impactó de la obra es cuando, después que el tirano ha caído, los jóvenes campesinos, vestidos en ropas rasgadas y ensangrentadas, inocentemente cantan en círculo y gozan tirándose la cabeza del Comendador a manera de bola. Es necesario recordar que esto no es la película The Wicker Man (la versión del 1973), donde el espectador descubre que la inocencia bucólica del pueblo esconde su plan secreto de atrapar al policía cristiano para sacrificarlo en la hoguera en un ritual pagano. Para mí, el horror que resaltó la producción teatral de Fuenteovejuna es como se logra despertar un salvajismo terrible en un pueblo que no pudo aceptar más ningún atropello. En este caso, la violencia de Fuenteovejuna es engendrada por las agresiones de aquéllos que comenzaron como victimarios y terminaron como víctimas.

Me tocó mucho el montaje de esta obra porque no pude evitar ver la analogía entre lo que ocurrió en el teatro y el encontronazo entre la fuerza de choque y las organizaciones estudiantiles, que había ocurrido días antes frente al Capitolio. El incidente en el Capitolio es un golpe de una teatralidad atroz. Cuando digo teatralidad, no me refiero a la falta de autenticidad o falsedad envuelta en una expresión, sino a toda aquella expresión que crea una nueva realidad, o una surrealidad, dentro de otra.
Para mí, un montaje teatral crea una realidad viva con seres reales que constantemente choca y atenta contra la “realidad” del espectador, que interactúa de muchas maneras con esta nueva dimensión. Entonces, el espectador tiene que, obligatoriamente, romper con su tradicional posición pasiva de estar sentado en su silla observando un espectáculo y establecer un diálogo activo en relación a la nueva realidad que se abre ante sí mismo. Esto fue exactamente lo que ocurrió ese día en el gran escenario de las escalinatas frente al Capitolio.

Siempre he pensado que el frente del Capitolio es un lugar con una teatralidad irresistible. El espacio abierto frente a las escalinatas es idóneo para un montaje teatral que use como fondo el gran edificio de mármol, cuya estructura evoca elementos de la antigua Grecia. En su gigantismo, la estructura simboliza el poder político del Senado y la Cámara de Representantes. El Capitolio porta la ambigüedad del Ozymandias del poema de Percy Bysshe Shelley, porque exige el reconocimiento de su grandeza a todo el que lo mira, cuando realmente encierra la inercia y la ruina de la rama legislativa de la isla.
En este escenario se construye la siguiente escena: el frente del Capitolio está siendo protegido por una fila de imponentes oficiales uniformados, armados de macanas, impidiendo la entrada al edificio. Este performance de poder estallará por la presencia de organizaciones de estudiantes que se resisten a abandonar el espacio escénico. El choque entre ambas fuerzas explotó en un momento de pura teatralidad. En este performance, no cabe la posibilidad de un espectador pasivo, como vimos con los mismos periodistas que se vieron afectados por los gases que se usaron de un lado y de otro.
De hecho, el choque trascendió el evento teatral, que conlleva una relación directa y no mediatizada con el acto, a uno mediatizado donde los espectadores podían ver a través de sus televisores el incidente. En Nueva York, pude ver todo lo que ocurría por la televisión latina y por el internet. Ese golpe de acción no se limita a ser experimentado desde el Capitolio en ese preciso instante porque contamina la realidad de los espectadores que lo ven más allá.
Por un momento, me vi tentado a pensar que las organizaciones que protestaban eran como Fuenteovejuna y la policía era como las fuerzas del Comendador. Pero esto es una apreciación muy fácil y pueril. Luego pensé que el pueblo completo como espectador era Fuenteovejuna antes de su rebelión, los que protestaban eran los pocos campesinos que le habían hecho frente al Comendador, y que los políticos en el poder se convertían en un Comendador colectivo que desplegaba su ira ante el desafío de sus “súbditos.” Eso me hubiese gustado mucho, pero no me convenció.
Concluí que usar Fuenteovejuna como un modelo para entender lo ocurrido en Puerto Rico era imposible porque Lope de Vega, dentro de las convenciones de su época, construyó una comunidad idealizada e idealizar una situación nos ciega ante la realidad. Después de todo, al final de la obra, el pueblo canta las glorias de los reyes de España, reafirmando el poder de los monarcas, después que la Corona ordenó la tortura de toda Fuenteovejuna para dar con el asesino del Comendador.
A pesar de esto, Fuenteovejuna sí tiene un valor alegórico ya que demuestra que la violencia engendra más violencia. La constante provocación del gobierno y de la junta de síndicos de la Universidad de Puerto Rico a las organizaciones estudiantiles, que está clara en su negación a negociar o aceptar acuerdos previos y sus intentos de silenciar las diversas voces de protesta, son actos de violencia que serán recibidos con resistencia. Esta resistencia también envuelve violencia como producto del hastío comunal ante el atropello del gobierno. En este caso, los que enfrentaron las filas de la fuerza de choque, no fueron los pastores de un Edén español, sino un grupo de valientes de múltiples nacionalismos y perspectivas políticas que se cansaron de ser ignorados.
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