Yo Estudié Leyes Con Exención De Matrícula…
By Juan Bobo.
June 6, 2010

…Y el que piense que no la debería haber tenido, no me la merecía, no tenía derecho a ella, o soy un ejemplo claro del problema que se vive en la UPR, francamente, se equivoca. El comentario que realizo no expone de ninguna manera mi posición con relación a la huelga. Es un comentario objetivo, realista y sencillo.
Desde pequeño daba vueltas por los pasillos de la Escuela de Derecho, ya fuese acompañado por mi padrastro o por mi madre. Ambos educadores, mi padrastro fue profesor de la escuela por 30 años, además de haber sido Presidente de la UPR, y mi madre comenzó en la Administración Central en los años ochenta. En los noventa pasó a trabajar en la Escuela de Derecho y en el 2000 regresó a Presidencia. Ambos han servido a la Universidad de Puerto Rico desde antes que yo naciera.
Yo no tuve exención de matricula porque soy atleta, o por tener un promedio de cuatro puntos. No tuve exención de matricula por participar del coro ni porque fui asistente de cátedra del algún profesor. Tampoco tuve exención de matrícula porque me la gané en una rifa en el Centro de Estudiantes o porque la estaban regalando en la oficina de Recaudaciones. De hecho, tampoco tuve exención de matrícula porque mi padrastro fue profesor; cuando comencé en leyes ya él no daba clase.
Tuve el beneficio de la exención de matrícula porque por más de veinte años mi madre se levantaba a las seis de la mañana para poder estar en la UPR antes de las ocho para así poder trabajar al menos 10 horas diarias por un mínimo de seis días a la semana. Mientras trabajaba y estudiaba leyes, veía a mi madre cuando nos llamábamos para almorzar esporádicamente.
Nunca la vi en mi casa antes de las 6pm. De hecho, mi padrastro tenía la opción de salir temprano y siempre salía tarde de su oficina porque mi madre no había llegado a casa. Y ella no trabajaba los domingos porque mi padrastro se aburría en casa. Con todo y eso, de vez en cuando se escapaba para la oficina. “Es que en el fin de semana no hay nadie que me interrumpa y puedo trabajar mejor”, me decía al despedirse los sábados como a las 8-9am, días en que se levantaba “tarde”. Por muchos años de mi vida tuve que ajustarme a dicho horario. Orgullosamente digo que tuve exención de matrícula porque mi madre trabajó en la UPR, se fajó por la gran mayoría de su carrera y fue un trabajo al cual siempre le dedicó su todo, por el beneficio mío tuyo, y de terceros que yo ni conozco.
Todavía recuerdo un día en el 1997, por ahí, cuando estaba sentado en la parte de atrás de una clase nocturna de Introducción al Derecho que enseñaba mi padrastro (curso que hoy día se divide en dos y se conocen como Investigación y Redacción Jurídica y Profesión Jurídica) y un estudiante salió a tomar café. Salí detrás del a tomar agua en la fuente, y cuando regresé al salón, lo vi afuera. Le pregunté, bien ignorante yo, “oye, y ¿tú no tienes que pedir permiso para salir a comer?” Tenía que tener como treinta años, fácil. Se ríe y me dice: “No chico, yo puedo salir y entrar cuando quiera” y murmurando como un secreto me dijo, “pero no lo hago mucho porque me pierdo la clase.” Yo respondí rápido y grité… “¡Mejor!”
(*Hay una pausa en el salón de clases, todos miran afuera*) Claramente, ya yo estaba aburridísimo. Y él me contestó cándidamente: “Ahora piensas que es mejor pero si tú estudias aquí algún día te vas a dar cuenta del esfuerzo que pasa tu papá por venir a dar clase y no vas a querer salir del salón ni pa’ ir al baño.” Yo, bien listo, e igual de ignorante, le contesté: “Yo nunca voy a coger clase con él. ¿Pa’ colgarme?”
Todo el trabajo y esfuerzo de mi madre por aportar a la administración de la Universidad de Puerto Rico, al igual que todo el esfuerzo de mi padrastro por educar a futuros abogados, nunca ha pasado por desapercibido. No he tenido ni un solo encuentro con alguien que los conoce que no haya sido un halago desmesurado por cualquiera de ellos. Con relación a mi madre, nunca he oído nada menos que “tu madre es excelente” y “aquí la queremos muchísimo.” Cuando me hablan de mi padrastro yo siempre hago un disclaimer y digo que no me hago responsable por las notas que el dió. Y aún el que me dice “Yo saqué C con tu papá” no termina la oración sin decir “…pero aprendí muchísimo y todavía uso sus ejemplos en mi práctica”.
La Certificación Número 98 del 24 de febrero de 2010 (Aquí les pongo un enlace que provee el PDF de esta Certificación), emitida por la Junta de Síndicos de la UPR lee como sigue:
“El otorgamiento de exención de matrícula constituye una ayuda económica que otorga la Universidad para reconocer y promover la excelencia en todos los aspectos de su quehacer…”.
…Pero…
“[…] ante los grandes retos fiscales que enfrenta la Universidad éste y los años venideros, este cuerpo reitera su política de prudencia presupuestaria, caracterizada por un uso óptimo de los recursos disponibles, mediante la implantación de medidas concretas e informadas para reducir gastos, incrementar el recaudo y mejorar la efectividad institucional, a fin de viabilizar su desarrollo planificado y estable, tanto para la presente como las futuras generaciones.”
En su anejo, expone la Certificación Número 98 que “[e] l estudiante podrá ser beneficiario de una sola exención o concesión de ayuda económica de fondos administrados por la institución con el propósito de subsidiar los costos de matrícula.”
¿Por qué?
La exención de matrícula ha permitido reclutar a atletas prometedores para los programas de deportes, a talentosos estudiantes para las agrupaciones artísticas que le han brindado servicios valiosos a la Universidad de Puerto Rico y ha contribuido a proyectar internacionalmente la institución. ¿Por qué quería la Junta limitar la exención, cuando su labor es “reconocer y promover la excelencia [de la UPR] en todos los aspectos de su quehacer”? Especialmente cuando la exención cumple precisamente con ese propósito.
Yo estudié en la Escuela de Derecho con exención de matrícula gracias a una mujer que se fajó por mí y por miles de otros. Les pido a los estudiantes, que no importa el apoyo o el rechazo del pueblo, continúen fajándose por éste y todos los futuros gallitos.
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