Familia
By Bea.
July 3, 2010
Hubo una época en la que juraba que nunca tendría hijos ni pareja. Quien me conoce ahora pensará que estoy hablando de otra persona.
Tal vez tenga razón.
Sin embargo, mi firme resolución se afincaba en mi experiencia familiar hasta ese momento. Mi familia, más que disfuncional, era asfixiante. En vez ser plantas o árboles que crecían unos al lado del otro y se convertían en jardín o bosque, mi familia era como esas enredaderas que se van tragando la vegetación de los mogotes, hasta matarlas y consumirlas.
Me formé una familia “artificial”, de amigos que venían de hogares parecidos a los míos (Dios los cría…) y que teníamos patologías mentales parecidas. Nos encontramos en la universidad y hasta el sol de hoy sigo mi relación con la mayoría de ese minúsculo círculo. Claro, además de las historias personales, nos vinculaban gustos parecidos, el afán por la lectura, el amor por el conocimiento y cierto snobismo malsano por aquellas personas que nos recordaban a quienes nos hicieron sufrir en nuestra adolescencia de ave rara en escuela superior privada.
Y llegaron a ser, y son, más mi familia que la de sangre. Luego, cuando fuimos encontrando la pareja que pensamos que no encontraríamos, era más “nerve wrecking” presentarla a los amigos que a los padres, porque la opinión de los amigos sí que contaba…
Y así pasaron los años y las décadas (ya dos) y nos econtramos con que aquello de lo que renegamos es lo más que nos importa ahora: La Familia.
No necesariamente aquella disfuncional que nos echó a todos en un caldero, pero sí la que con el tiempo hemos ido formando. Familia que se ha hecho a base de matrimonios, partos, alianzas, trabajo, amistad, solidaridad.
Y así es, casi todos formamos una segunda familia, compuesta de colegas, amigos, vecinos que es tan o más importante que la de sangre. Se fortalece con la convivencia, pero sobre todo por la idea de tener algo en común, el trabajo, el vecindario, en fin, un proyecto, un frente, un norte en común.
He pensado mucho en qué es una familia y cuánto todos necesitamos una en las últimas semanas. Por alguna razón u otra el tema se me ha presentado en el momento que menos lo he esperado. Mientras hablaba de una película sobre el mundo transgénero en Puerto Rico, en otra película donde no me lo esperaba, en el llanto de un colega que descubre su infertilidad, en la posibilidad de publicar un libro de un autor fenecido; el tema de la familia ha sido ubicuo últimamente.
Es en la familia, después de todo, que se forman los primeros afectos y las primeras alianzas; es lo que determina como pertenecemos al mundo. El grupo mínimo básico en una sociedad es ese. Es también la metáfora más común que se ha usado para describir precisamamente la cultura en la que vivo. El mito de la gran familia puertorriqueña, de la gran familia latinoamericana, de la madre patria ( y del tío Sam). Y esa narrativa se ha rechazado y criticado y desmentido por considerársele paternalista. Sí, por eso, pero también por querer tapar la disfucionalidad en la base de ese gran discurso de la “modernidad” puertorriqueña y me atrevería a decir que americana, en el sentido de los dos continentes que van de Alaska a la Patagonia.

Existe una violencia, una agresividad, en nuestro entorno y en nuestro día a día que se origina en la base de nuestra sociedad. Hay una fisura causada por psicopatía en la forma en que dirigimos y demostramos nuestros afectos.
Y es que somos clanes, hordas, gangas, pandillas, no familias. Una familia da afecto, apoyo, solidaridad; mientras que un clan exige lealtad, obediencia y afiliación. Lo peor es que somos una sociedad compuesta de clanes endógamos, que vivimos unos al lado de los otros pero sin mezclarnos. Clanes que se dan por clase, por raza y por origen étnico ( piensen en los corsos, en los catalanes, en los vascos, que se saben y se buscan). Más que vernos como partícipes de una sociedad común, nos divisamos como competidores por los mismos recursos.
Esta mentalidad de clan nos imposibilita dos cosas fundamentales para que avancemos como sociedad: el diálogo y la autocrítica. Criticar a los de uno es traición; escuchar a los otros también lo es. Qué mayor ejemplo que los sucesos de esta semana a partir del 1ro de julio.
Y el problema es que esa mentalidad de clan no nos brinda lo que necesitamos: pertenencia, proyecto común y solidaridad.
Tal vez si realmente actuáramos como esas familias que todos formamos fuera de la nuestra de sangre, de esas familias que se forman cuando uno está lejos de la “verdadera” ( o cuando no quiere bregar con ella), donde entendemos que nos unen proyectos e intereses comunes, tal vez, podríamos sentarnos a hablar.
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